divendres, 11 de novembre del 2011

Cuestión de ritmo

¿Qué podemos hacer para evitar la monotonía en una clase? –nos ha preguntado Vicenta en la sesión de hoy-. Anoto en esta entrada de blog las propuestas que me han parecido más interesantes y las clasifico en tres grandes grupos:

a) Variedad en la tipología de actividades
  • Combinar actividades que trabajen diferentes destrezas.
  • Equilibrar las actividades de acuerdo con el esfuerzo cognitivo (realizar actividades lúdicas combinadas con actividades más arduas para el alumno).
  • Adecuar la dificultad de la tarea, que no sea ni demasiado fácil ni demasiado difícil.

b) Dinámicas variadas
  • Combinar actividades individuales, en parejas y en grupo.
  • Recurrir a actividades en que tengan que levantarse y cambiar de sitio.

c) Tiempo para cada actividad
  • No realizar actividades demasiado largas
  • Controlar el tiempo que le asignamos a cada actividad para poder realizar todo lo que tenemos pensado.
  • Planificar las transiciones de tal manera que los cambios entre actividades sean progresivos y no bruscos.

Debemos tener en cuenta, además, la teoría de los 20 minutos, que nos ha explicado Vicenta, para entender adecuadamente cómo debemos estructurar una sesión: la atención del ser humano sigue unos ciclos de 20 minutos, por lo que debemos dosificar la información que les ofrecemos y controlar su atención.

Por otro lado, el profesor debe desarrollar una capacidad de improvisación que le permita corregir sobre la marcha cuestiones no planificadas que surjan espontáneamente en la clase. Y, precisamente, en la sesión de hoy se ha originado un debate a partir de la pregunta de un alumno, que me ha aportado realmente reflexiones interesantes y necesarias para mi formación: ¿Es conveniente corregir todos nuestros errores en las redacciones de nuestros alumnos? ¿O es necesario pautar previamente aquello que consideramos prioritario para su nivel y que corregiremos? El esfuerzo a la hora de corregir debe ser coherente con lo que ellos pueden asimilar con sus conocimientos sobre el idioma; no debe haber un desfase entre nuestra metodología comunicativa a la hora de impartir clase y una corrección clásica y tradicional en la evaluación. Estas cuestiones me han llevado a pensar que la manera de corregir redacciones nos ha llevado a entenderlas como una secuencia en la que el alumno la realiza, el profesor la corrige y, de nuevo, el autor repara en los errores cometidos en su ejercicio. Una vez concluido este proceso, tanto el alumno como el profesor se olvidan de la redacción hecha. Sin embargo, puede ser altamente útil que, con el tiempo, los alumnos puedan volver a sus redacciones para corregir aquellos errores que en el momento no podían asimilar. Esta es una experiencia que me he propuesto probar este año en mis clases, ya veremos cómo funciona.

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